20 jun 2009

ATAQUE FELINO


- Yo creo que fue culpa del copete.

- Es que estamos arriba de la pelota.- Me respondió Porrón, reafirmando mi justificación ante la desaparición de Hijo de la Nada.

- ¿Pero tú lo viste?

- Seguro que lo vi.

- ¿Y escuchaste lo que dijo?

- Todito…Libro de la luna, la negación de la herramienta: bla-bla-bla…vola’ de copete…Tú te curaste, imaginaste que Pelter se tiraba a la gorda y me obligaste a creer que era cierto, ahora estoy aquí, imaginando a viejos huevones que hablan de hombres-lobo.

- Espera, esto no es mi culpa. ¿Y que tal si tú eres el borracho que me proyecta visiones de viejos filósofos apocalípticos?

- Para eso tendría que tener poderes.

- ¿Y quien dice que no los tienes?

La tenue luz azul de las 5:00 de la mañana dejó ver la silueta de un hombre parado en la esquina que interceptaba a la recoleta. Al acercarnos, grande fue nuestra sorpresa, se trataba de Pelter.

Pelter nos habló de su experiencia sexual en el local, contó que se fueron al baño del personal, el se sentó desnudo en la taza del baño, y ella se subió bruscamente sobre él, lo que causó que el excusado se quebrara, dando origen a una insólita inundación en el local. Extrañamente, destacó Pelter, Karina parecía estar más interesada en llegar a la hora para practicar un juego de bridge con unas amigas a las que llamaba “Las Simpáticas” que en tener sexo desenfrenado mientras se inundaba todo en un tsunami gasfiteriano, así que se desentendió de la inundación y huyó.

- ¿Qué hacemos?- Pregunté.

- Son las 5:00 de la mañana, hace frío, aún está oscuro, estamos medios borrachos…mmmm…Podemos ir a mí casa.- Dijo Nariz de porrón.


Caminamos por oscuras y malolientes callejuelas llenas de putas y cogoteros. Luego el paisaje se vio más despejado. Una gran avenida cubierta de luz azul. El frío nos helaba los huesos y ya no se veía a nadie. Caminamos unos 15 minutos y luego al final de la calle vimos una densa y espesa neblina oscura. No tenía ganas de seguir caminando hacia ella y se lo hice saber a Porrón, pero él supo distraerme de la manera adecuada en que el miedo se aleja y la valentía anima el paso.

Poco a poco fuimos adentrándonos en dicha neblina, Porrón comenzó a reír, pregunté por que, y él aseguró que la risa alejaba a los demonios del amanecer, esos que se dejan caer entre las tres y las cinco de la mañana.

Llegó el momento en que ya no podíamos distinguirnos las caras, ni por muy cerca que estuviésemos. La neblina era tan espesa que Porrón, quien había caminado borracho cientos de veces por aquellas calles, no podía saber hacia donde ir.

Al atravesar la neblina, notamos con extrañeza, que estaba más oscuro de lo que debiese. Miré la hora y me di cuenta que eran las tres de la mañana…La hora en que habíamos salido del bar. Tal vez no estamos aquí todavía…

… La calle por la que caminábamos se topaba con una larga escalera que subía por un cerro lleno de casas en palafitos, los árboles comenzaron repentinamente a mecerse con el viento sur. Pelter estaba nervioso, señalo con el dedo una extraña sombra en el primer descanso de la escalera a unos cien metros de donde estábamos. – La vista te engaña mi amigo.- Dijo Porrón, comenzando a subir la escalera– ¿O prefieres quedarte a pasar la noche aquí?

- La noche hubiese sido más corta en el lugar donde nos encontrábamos.- Dijo Pelter.- Antes de comenzar a subir él también. Al llegar arriba dimos con una única calle que se perdía en línea recta hacia la luna en mitad del horizonte. Caminamos media cuadra infestada de cucarachas y olor a desagüe. Allí había un pasaje. – Aquí es. – Dijo nariz de Porrón y abrió la reja, entramos y avanzamos hasta la última casa del fondo, volvió a recurrir a su manojo de llaves y lo más silenciosamente posible giró la llave en la puerta y nos dejó entrar, advirtiéndonos que no encendiéramos la luz. Tropecé inmediatamente con alguien que estaba envuelto en un saco de dormir tirado en el piso. – Con cuidado, en el suelo, siempre hay gente que se viene a quedar- Dijo Porrón. Sorteamos los cuerpos con dificultad. Susurrando nuestro anfitrión nos señaló la habitación del fondo. Entramos, había dos camas, nos sentamos. Yo me saqué los zapatos, sentía que me latían los pies. Porrón se acostó en una de las camas. Entre la poca luz que había decidíamos con Pelter como enfrentaríamos el acostarnos juntos. Para mi no era problema, pero al parecer a él le complicaba, probablemente siempre acababa teniendo sexo con cualquier cosa que tuviese agujeros y respirase. Finalmente lo decidimos uno apoyaría su cabeza en la cabecera y el otro a lo pies de la cama. El problema sería aguantarnos mutuamente el olor a pies. No lo pensamos más, el cansancio nos venció.

Habían pasado unos diez minutos. Me llamaba la atención la capacidad de Pelter de poder conciliar el sueño entre los ronquidos de Porrón. Me mantenía en un extraño estado de transposición del sueño, la habitación comenzaba a girar lentamente, tenía la sensación de estar en un bote sobre el vaivén de las olas, pronto llegué a ver la ventana que estaba hacia mis espaldas. Cuantas vueltas daría en este misterioso carrusel nocturno antes de poder conciliar el sueño. Cansado, inmóvil y sin poder dormir dando vueltas en el segundero de la noche , apretando los ojos pero viendo la habitación, era acaso que mis parpados se habían vuelto tan transparentes que mis ojos los atravesaban.
Tercera vuelta, girando en la habitación, vuelvo a ver la ventana pero esta vez una sombra felina se dibujaba al contraluz. La cama continuó girando lentamente y cuando estuve a espaldas de la ventana sentí un horrible chillido, traté de gritar para despertar del maldito estado de transposición, volví a ver la ventana pero la sombra del felino ya no estaba, la cama se detuvo y apareció un flash rojo. A continuación pude abrir mis ojos. Un sueño, debe haber sido un sueño. Me traté de auto-convencer. Sin embargo tenía vista hacia la ventana y antes de acostarme estaba a mis espaldas. Me levante un poco y miré hacia mis pies, vi a Pelter dormido, de pronto una pata con filosas garras apareció desde los pies de la cama y araño el rostro de Pelter quien continúo durmiendo sin inmutarse, asustado me tapé con el cobertor y silenciosamente movía la pierna de Pelter para despertarlo. Sentía el corazón latiendo a mil e intentaba silenciar mi agitada respiración. Me estaba empezando a calmar, permanecía inmóvil y sin querer destaparme la cara, aguantaba el asqueroso olor de los pies de Pelter. ¿Estará bien Pelter con aquel arañazo? Me descubrí lentamente y entonces lo pude ver, estaba enganchado en la cortina de la ventana con sus filosas garras, volviendo la cabeza hacia atrás y dejando ver sus ojos rojos, brillantes, sus dientes afilados, era blanco con rayas negras y grandes y puntiagudas orejas, el gato más horrible que había visto en mi vida. No pude aguantar el miedo y un alarido se soltó de mi boca, al instante Pelter despertó y encendió rápidamente la lámpara del velador. Porrón se abalanzó hacia la puerta cerrándola de golpe. - ¡No dejes que salga! – Gritó. El horrible ser gruño y se lanzó al piso, Porrón se subió rápidamente a la cama. Se había metido bajo mi cama, comenzó a chillar y a hacerla temblar. Sus afiladas garras atravesaron el colchón hacia arriba y el rabioso monstruo se abrió paso por el agujero lanzándose hacia Pelter, mordió salvajemente su yugular y un chorro de sangre saltó manchando el cielo de la habitación. Porrón me gritó que escapara. Mientras el felino devoraba el cuello de Pelter, salté por la ventana incrustándome un par de vidrios en los brazos y cayendo hacia unos matorrales. Me levanté para mirar por la ventana a ver si Porrón lograba zafarse de alguna manera de la bestia, pero vi como el horrible felino rasgaba brutalmente el estomago de Porrón dejando ver sus entrañas. Esto no era un gato, son las plagas, las plagas extraterrestres, lo supe en ese momento… Y en esa fracción de segundo en que este pensamiento surcó mi cabeza el gato pareció escucharlo, me miró con sus ojos rojos y se lanzó impactando sus colmillos en mi cabeza. Mi instintiva reacción fue subir las manos y agarrarlo fuertemente del tronco. Sabía que el casco de mi cabeza era lo suficientemente duró para soportar la mordida, ya había soportado la de un perro o un lobo… ya no lo sabía…Pero si lo mantenía mordiendo mi cabeza no podría morder mi cuello.
Perdí el equilibrio y caí de espaldas, rodé cerro abajo entre los matorrales con el gato mordiéndome el casco. Repentinamente entre tantos golpes el gato se soltó y no supe a donde fue a parar. Seguí rodando golpeándome entre filosas piedras y rasguñándome con las ramas de los árboles, me protegía la cabeza con los brazos prefería quebrarme los brazos a quebrarme el cráneo con alguna roca. Finalmente llegué abajo cayendo de rodillas. No podía moverme, mi cuerpo estaba completamente quebrado.

Cristian Villanueva